miércoles, 7 de septiembre de 2011

Once Susurros

En construcción, 1971
Fuente: Wikipedia
Todos recordamos el lugar exacto en el que nos encontrábamos aquél día. Para mí, todo comenzó con un grito, trabajaba en una distribuidora audiovisual, hecho irrelevante pero que justifica la presencia de monitores de televisión en la oficina. Era una mañana cualquiera, una de esas de septiembre en las que aún nos estamos desperezando del descanso estival, oí un chillido, un "¡joder, venid!" muy propio de mi jefe de aquel entonces, tenía el televisor encendido y allí vi como salía humo de una de las Torres Gemelas. Era habitual que visionásemos todo tipo de producciones para su distribución por lo que pregunté si era una peli. "Son las noticias" me dijo, entonces llegó el segundo avión, o por lo menos así lo recuerdo, con su estilo habitual y tras un cenicero repleto de colillas afirmó "Es la puta tercera guerra mundial".
Obviamente, el tipo era un voceras pero para mí todo empezó con un grito que después se transformó en un alarido global, en millones de voces clamando justicia, en un gigantesco e indignado lamento por las tres mil vidas perdidas.
¿Y después, qué?
Después, muchas cosas que sólo provocaron susurros.
Primero un recorte de derechos civiles aderezado con una fobia aeroportuaria que yo mismo sufrí el enero siguiente en Chicago, todos lo entendimos y callamos. Llegó la primera guerra a Afganistán, empezó rápida y hoy no ha terminado, 10 años después se han perdido allí 85.000 seres humanos, se acabó con el supervillano pero aún muere gente. ¿Indignación? Como mucho, un susurro.
Llegó el momento de Irak, porque tocaba, sin más. Alrededor, campaban a sus anchas decenas de dictadores que hoy están cayendo pero con este había deudas pendiente y llegó el momento de saldarlas, con o sin amparo internacional, con más o menos apoyo la jugada estaba decidida. El resultado fueron siete años de ignominia y 450.000 fallecidos. ¿Indignación? Alguna protesta que otra, pero en comparación al daño nada más que un leve susurro, sobre todo para algunos.
Mientras tanto se producía una segunda intifada que se llevaba a mil israelíes y casi seis mil palestinos, pero esto no provocó ni un susurro, como mucho un leve rumor.
Al mismo tiempo, nos llegaba un susurro sobre un hundimiento financiero en la lejana Argentina, pero como vivíamos en la opulencia e invertíamos todos en bolsa con una avaricia voraz sin antecedentes, no lo escuchamos, descubríamos su cine con Darín desesperado frente a la puerta de una sucursal bancaria desde nuestras cómodas butacas sabiendo que nosotros volveríamos a nuestra preciosa e hipotecada vivienda. ¡Qué ilusos!
Pero llegó la crisis, el miedo a la incertidumbre, los desahucios, la impotencia y el despertar. Parecía que íbamos a gritar ante el mayor desastre económico de la historia reciente, a vociferar pidiendo juzgar a los nuevos terroristas, especuladores sin escrúpulos que han mandado al carajo las casas y empleos de millones de personas. No nos engañemos, pocas cosas producen más terror en nuestro cómodo mundo occidental que perder el bienestar de un día para otro, esto también produce muerte, sin duda, pero al no haber suicidios colectivos y llamativos como en el año 29 hacemos oídos sordos mientras buscamos un nuevo Keynes redentor. Sí, nos manifestamos, nos entraron humos revolucionarios, nada, no es más que un susurro que no hiela la sangre como se nos heló aquel día, la indignación es otra cosa.
A la vez, los piratas nos ponían a prueba en las costas somalíes, nos sentíamos expoliados mientras otros nos robaban a espuertas, exigíamos respuestas, mano dura y protección. Durante el verano pasado no se habló de otra cosa hasta que llegaron nuestras heroicas fragatas a librarnos de un Barba Roja sin rostro. Vi alguna gente enfadada, sobre todo cuando les insinuaba que era consecuencia lógica de dejar perecer a su pueblo, que el problema era más profundo y que debíamos interpretar las señales. ¡Cómo se enojaban! Fue entonces cuando empecé a convertirme en un demagogo de mierda. Lo que ocurre, es que hoy, mientras asistimos impasibles a la agonía de un millón de seres en el cuerno de África (no digo almas porque Ratzinger ni está ni se le espera), aquellos irritados contertulios ni siquiera susurran, ni sienten, ni padecen.
En Bahrein los jeques siguen masacrando a su pueblo, nosotros les hacemos la pelota para conseguir su petróleo. Ni un susurro, excepto si se suspende un gran premio de Fórmula 1, claro.
En Irán se lapidan mujeres, se ajustician homosexuales, reina el silencio, nosotros susurramos con miedo.
En el mercado de Chicago se especula con alimentos, se  incrementan artificialmente los precios con la consiguiente carencia y al final, la muerte. Ni medio susurro, ni cuando un broker sin conciencia afirma que son "daños colaterales".
En Haití murieron 300.000 personas y nos pusimos la careta compungida para olvidar en semanas que ni las resoluciones se cumplen ni el dinero llega ni casi nada cambia. Tenemos otras urgencias y cuando desaparece la compasión obviamos su desgracia. En el décimo aniversario de la catástrofe, a diferencia de esta semana, no esperemos ni un homenaje ni un susurro. ¿Recordáis acaso hoy en qué año y mes fue?
¿Y el tsunami? 230.000 habitantes de nuestro planeta desaparecidos bajo una ola. Deseo que alguien me recuerde la efeméride, que me diga si se han erradicado las enfermedades que provocó, que me confirme que ya se reconstruyó todo, que me garantice que en Indonesia o Sri Lanka reina la felicidad y nadie recuerda ya el suceso. No podrá, los únicos que lo ignoramos somos nosotros, del ruido solidario de una ola gigante ya no queda ni el susurro de la brisa marina.
No pretendo restar protagonismo ni gravedad al acontecimiento que cambió nuestra escala de seguridades y valores, sólo quiero saber si algún día seremos capaces de alcanzar para todo la misma conciencia global que fuimos capaces de mostrar con este espeluznante suceso que no será historia mientras esté grabado en lo más profundo nuestras mentes, nuestros corazones y nuestras vidas.
Quizás llegue una época, en la que en vez de susurrar al oído del que opina lo mismo sobre la irresponsabilidad ajena difundamos a los cuatro vientos la nuestra propia, puede que hasta consigamos dejar de cuchichear buscando culpables para enfrentarnos a los problemas y ponernos a trabajar. Todo es posible.
Por el momento, pensemos en Nueva York, admiremos a Manhattan y a sus gentes porque nos pertenece un poco y pertenecemos a ella. Todos perdimos la inocencia aquella mañana, pocos almorzamos en España aquel Martes.



El padre de las maravillosas torres, Yamakasi, falleció en el 86, se libró de verlas sucumbir enterrando a miles de hermanos, hijos, padres y nietos. Nosotros ni podemos ni queremos olvidarlas, su imagen icónica debiera incrustarse en nuestras retinas como símbolo de la injusticia y de la locura para inspirarnos a rebelarnos contra la irracionalidad global imperante, sin susurros ni gritos pero con firmeza y convicción.

PD: Este post surgió inspirado por un documental falsario con la figura del ex-presidente de los Estados Unidos de América que tuve ocasión de ver la otra noche, me recordó al personaje de Zelig que interpretó Woody Allen aunque este era más convincente.

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