martes, 17 de enero de 2012

Paralelismo concluso

La vida tiene algo de aleatorio que hace que merezca la pena, el comienzo no siempre presagia su final aunque el recorrido inicial haya resultado extremadamente similar a otros.

Dos imágenes de dos hombres distintos ilustran hoy este artículo. Observamos en ambos una mirada profunda, algo perdida y con un toque de tristeza que sin embargo causa cierto temor quizás por la falta de empatía o quizás por la profundidad de sus cuencas marcadas por las sombras de sus pobladas cejas. La grandiosidad de sus protuberantes pabellones auriculares invitaría a pensar que estas dos personas gustaban de escuchar pero sus biografías muestran que eran más proclives a orar, tanto en el sentido místico como seglar de la palabra.

Dicen las crónicas oficiales que ambos personajes, ya históricos, fueron brillantes estudiantes en sus tiempos bisoños. Según sus partidas de nacimiento, nuestros dos celebérrimos protagonistas nacieron en regiones del noroeste de sus países y lo hicieron bien entrado el otoño, no sé si esto es relevante pero puede que marque un carácter. Uno logró ser ministro de información a los treinta y seis, el otro lo consiguió a los cuarenta, los dos fueron fieles y fervientes admiradores de sus naciones y de los caudillos que las gobernaban con mano férrea. Estos dos "servidores públicos" adolecían de cojera pero ninguno de ellos dejó que eso afectase al cumplimiento de su deber patrio y marital como así lo demuestra la "poderosa retórica" que aún se recuerda y los seis hijos por barba que llegaron a tener. Así concluye este paralelismo existencial, después, uno vivió casi el doble que el otro, uno dejó este mundo con honores de estado y el otro lo dejó como vivió, con violencia y deshonor.

Sí, sin duda la vida es capaz de sorprendernos tomando curiosos vericuetos y visto lo visto no parece utópico pensar que todo ser humano es recuperable, imagino que por eso muchos códigos penales de nuestras sociedades democráticas enfocan las penas de prisión como un sendero que debe inexorablemente dirigir a la reinserción social. No podemos afirmar, sin embargo, que ellos fuesen grandes defensores de este principio jurídico aunque debemos reconocer que uno de los dos acabó abrazando la causa demócrata, aunque, puede, que fuésemos los demócratas quienes le abrazamos a él ayudándole así a comprender que su antiguo pensamiento vital siempre fue erróneo y el nuestro siempre fue correcto.

En todo caso, con la generosidad propia de los hombres libres, podemos agradecer sin rubor al Sr. Fraga  el habernos devuelto el favor de aceptarle en nuestra moderna y democrática sociedad atrayendo a ella a muchos otros que sin él seguramente no hubiesen venido, lo que nos hubiese condenado a más años de profunda negrura. Lo que no sabremos es si el funesto Goebbels, de haber sido en sus últimos días - como estuvo a punto - embajador en Japón, hubiese sido recuperable para la Alemania que estaba por llegar, pero lo dudo, hay imágenes que no se pueden limpiar ni desde el utopismo más exacerbado.

Como el protagonista de este paralelismo concluso, propongo que no nos dejemos llevar por lo que creemos que somos, vayamos por lo que creemos que deberíamos ser, de este modo galoparemos juntos hacía un mundo mejor, más justo e igualitario dónde personas como Paco Ibañez o Rafael Albertí jamás puedan ser censuradas por sus ideas.



Así pues, D. Manuel Fraga Iribarne, descanse en paz porque aunque durante un tiempo no permitió a nuestros padres y abuelos disfrutar de esa ansiada paz después sí colaboró a conseguirla.



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