martes, 28 de febrero de 2012

Callar

El Grito - Eduard Munch (1893)
El inconformismo empieza por no callar, yo no lo haré
Debemos callar muchas cosas, es innegable, quien expresa todo lo que le ronda la mollera y lo hace con plena sinceridad, tiene muchas posibilidades de acabar encerrado en un psiquiátrico por mostrar síntomas de una sociopatía latente. Callamos en nuestras empresas, depende por supuesto de nuestro cargo, la fagocitación de heces verbales es inversamente proporcional a la altura de nuestra responsabilidad, pero todos, todos, tenemos jefes, de manera que todos, todos, callamos. Callamos en nuestras familias y no es muy recomendable, el abuso del silencio puede provocar graves perjuicios en las relaciones de pareja y paterno-filiales, sin embargo tampoco sería adecuado decir todo. En el primer caso porque un exceso de sinceridad malentendida podría causar estragos en el amor propio y ajeno de los protagonistas, en el segundo porque hay que dejar errar para crecer, no podemos masticar ideas para regurgitar consejos digeribles, eso sólo es propio de algunas aves. Callamos con nuestros amigos y es muy recomendable, si les confesásemos todas nuestras opiniones sobre ellos, pecaríamos de soberbia y correríamos el riesgo de que nos confesaran también algunas de las suyas sobre nosotros, acabaríamos como los rinocerontes, solos y con la piel pétrea. Podríamos seguir enumerando tantos silencios como facetas tienen nuestras vidas pero lo que de verdad importa es lo que no podemos ni debemos callar por mucho que otros se empeñen.

Resulta que nos dicen que no podemos opinar sobre las resoluciones judiciales porque hay que respetar a la justicia pero resulta que la justicia no nos respeta a nosotros, para ella somos unos mostrencos incapaces de dilucidar lo justo.También debemos callar ante cualquier insensatez que legisle el gobierno de turno. En unos casos nos instan a mantener silencio ante la expoliación de nuestros derechos más básicos porque la coyuntura exige tomar decisiones difíciles y si protestamos, poco menos que estamos traicionando a nuestro país. En otros, mucho más ruines y cobardes, pretenden que no tengamos derecho al cabreo porque los causantes de sus decisiones son supuestamente los anteriores responsables gubernamentales. Siguiendo una lógica perversa, se supone por ejemplo que el principal partido de la oposición debe callar por su gestión cuando era gobierno, los sindicatos deben mantenerse en una sumisa docilidad porque no consiguieron evitar lo inevitable y todos los que tenemos querencia hacía las posturas ideológicas anteriores tampoco tenemos derecho a la queja porque con nuestro voto colaboramos a fraguar la situación que hoy otros intentan solventar estoicamente.

Resulta que la iglesia católica vuelve a tener una posición de liderazgo ético en nuestra sociedad, por supuesto nosotros debemos callar ante los dogmas que proponen y que en este nuevo contexto político se traducen en una exhaustiva revisión de la legislación educativa, sanitaria y social precedente. Debemos permanecer silentes porque lo contrario sólo demostraría que somos intolerantes e irrespetuosos con el credo de algunos conciudadanos, nada que ver por supuesto, con la época en que curas y obispos decidieron ocupar las calles, ellos sólo lo hicieron para preservar nuestra moral ante los ataques externos. Ellos ya han regresado a sus mohosas cavernas, desde allí pueden dirigir mejor los hilos del títere en que se ha convertido el legislador, la curia se ocupa de los hilos que mueven los brazos y las grandes fortunas financieras y mercantiles manejan los pies. Estamos sometidos al ímpetu hiperactivo de la mano trémula de unos marionetistas tan liberales como coercitivos.

Además, debemos callar ante los abusos financieros porque de ellos depende nuestro futuro, debemos callar ante la negligente gestión de políticas internacionales profundamente insolidarias, debemos callar ante el saqueo sanitario porque no hay pan para todos, debemos callar ante la salvaje destrucción de los recursos naturales porque nuestro bienestar caduco está en juego y debemos callar ante la segregación educativa por clases porque es utópico pensar que todos los seres humanos somos iguales. Últimamente, hasta la monarquía nos manda callar, apoyada en poderes fácticos o legales, insiste en que no hay vida más allá de ese sistema pretendiendo contagiar su solipsismo histórico al conjunto de la sociedad.

Pues resulta que haciendo un análisis introspectivo - debo adaptarme a los nuevos tiempos y partir de la individualidad para comprender la realidad social - me doy cuenta de que cuanto más callo más rencor acumulo, por eso, hace tiempo, decidí convertirme en un ser parlante, para evitar las reacciones virulentas provocadas por la acumulación de silencios. Creo que debemos hablar, denunciar y si fuese menester chillar porque el grito y la calle siempre han sido el mejor antídoto contra las trincheras. Las urnas forman parte de la democracia pero no son su único ingrediente, debemos condimentarla con una pizca de conciencia cívica, un poco de inquietud social y mucho coraje protestatario.



Entre tanto embuste vertido, el peor de todos es el que pretende hacernos creer que para avanzar y crecer debemos callar, nunca ha sido así y nunca lo será, nacemos gritando y deberíamos morir igual, si nos arrebatan ese impulso ya no quedará nada.

PD: Desde una discrepancia moderada, con cariño para Antonio y Chus.

viernes, 17 de febrero de 2012

¿Decir o hacer?

No le reconocéis porque no hay muchas fotos ni entrevistas de joven.
Estaba demasiado ocupado para eso...

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Se dicen tantas cosas, hay tantos medios a nuestra disposición para hacer fluir la verborrea oral y escrita que empieza a dar la impresión de que se hace poco porque se dice mucho, aunque también es posible que se diga tanto porque no hay gran cosa que hacer, nos han convencido de que casi nada está ya en nuestras manos. Nos hemos convertido en meros escuchadores del decir y a partir de ahí, sólo queda expresar el acuerdo con unas afirmaciones o la confrontación con otras.

En política, ya estábamos acostumbrados a que nos dijeran de todo en campaña electoral, que no nos subirían los impuestos, que se cumplirían los compromisos medioambientales, que no debíamos temer por los derechos fundamentales a una educación y sanidad públicas, de calidad y gratuitas, que se tomarían medidas drásticas para despolitizar la justicia, y tantas y tantas cosas. Luego no se hace nada y si se hace es exactamente lo contrario a lo dicho, la gran diferencia en estos tiempos modernos con respecto a lo conocido es que ya no se disimula ni se camuflan los engaños bajo el poso del olvido que deja el transcurrir del tiempo, hoy se descubre la mentira al día siguiente de pronunciarla porque no tiene ninguna consecuencia.

Estamos en le época del "este soy yo y esto es lo que hago", la era de las identidades digitales. No deja de ser curioso ver como supuestos gurús de diversos ámbitos, empresarial, académico, jurídico u otros se exponen y nos exponen a sus logros y proezas. Basta abrir una red social para descubrir a cientos de personajes que, dejando el pudor a un lado, no cejan en el empeño de narrarnos sus hitos. Nos cuentan los triunfos de sus empresas, la cantidad de gente que vive de ellos, sus proyectos, sus viajes, sus encuentros en la cumbre con otros congéneres, el éxito de sus hijos en universidades lejanas y la excelencia culinaria de los alimentos que se disponen a ingerir. Cuando tengo un rato para leerlos siempre me surgen dos pensamientos, primero me pregunto como es posible que hagan o hayan hecho tantas cosas habiendo dedicado tanto tiempo a contarlas, después me arrepiento de haber desperdiciado un instante de mi vida en leer a semejantes individuos. Como ellos nunca me leerán y además les da igual lo que escriba porque son omniscios les diré que en un mundo superpoblado, cien mil fans no es nada, que la mayoria de la gente de mi entorno en el mundo real no conoce ni sus nombres, que sus barcos, viajes en primera clase y opiniones geo-estratégicas me importan una hez y que sus supuestas epopeyas vitales, cuando son ciertas, parecen esconder más sombras que luces.

Luego está la cotidianidad del decir, el amigo que te dice que no se te ve el pelo pero no acepta tus invitaciones, el jefe que te comunica un plan comercial anual a sabiendas de que no se puede cumplir, el que te dice que te devuelve la llamada enseguida y no vuelves a saber nada de él hasta que necesita algo de ti, el que simplemente dice que sí a todo por no decir que no, el que afirma que la tele es basura y no la apaga ni para dormir, el abogado que te dice que no debes preocuparte de nada y consigue que lo pierdas todo sin ninguna preocupación, el que halagándote te augura un gran futuro pero no piensa contar contigo nunca, el que te dice "ven a verme" y cuando vas no está. Personas que dicen sentir y no sienten, que dicen amar y no aman, que dicen sufrir y no sufren, que dicen que te quedes cuando hace tiempo que te fuiste.
Hablar, hablar, hablar y hablar. Abulia, desidia y pereza ¿esas son las características definitorias del Homo Socialis en la era del infinito punto cero? ¡Desde luego que no! No deberíamos confundir lo común con lo único ni mucho menos con lo "normal".

Lo que pretendía hoy, con poca fortuna me temo, era rendir homenaje a todos aquellos y aquellas que hacen tanto por nosotros, cada día, con tal dedicación y esfuerzo que no tienen tiempo para contarlo.
Esos investigadores mileuristas, esos médicos de atención primaria sobre-explotados, esos abogados de oficio decepcionados, cientos de voluntarios que desde aquí o desde allá tratan de hacer la vida más fácil a los que no tienen voz, agricultores y pescadores sumidos en la precariedad de un sistema abusivo, profesores denigrados que cada mañana buscan una motivación para acudir a un trabajo sin recursos, miles de trabajadores del sector doméstico que cuidan de nuestros hijos y padres sin tener ya ninguna esperanza de convertirse en ciudadanos de pleno derecho, etc

Son tantos los héroes mudos cuyo silencio abona nuestro olvido que estoy seguro de no haber nombrado más que una ínfima parte, porque ellos no tuitean, no tienen tiempo que perder en un blog, su actividad no se puede describir en Linkedin y el escaso tiempo de que disponen para el ocio no se puede malgastar en Facebook. Ellos no miran estadísticas, viven al margen de las fluctuaciones bursátiles, no critican la tele porque no la ven, no votan porque nadie se lo pide, no mandan mensajes de tranquilidad a los mercados y nunca dicen que no tienen tiempo porque no tienen tiempo para decirlo.

Ojalá fuese yo uno de ellos pero no. Yo también soy de los que dicen y digo tanto que ya no sé ni lo que digo, digo tanto que no hago nada, digo tanto que sólo aspiro a alcanzar la utopía de lograr algún día hacer algo que sirva para alguien más que para mí mismo, mi banco, mi suministrador eléctrico, mis compañías de seguros y mi querida telefónica. Mientras tanto me seguiré desahogando diciendo cosas, si un día dejo de hacerlo no os asustéis, será que he cumplido un sueño.



A pesar de todo, hay veces que las palabras sí son importantes, sobre todo cuando vienen de alguno de esos seres excepcionales capaces de hacer y decir:
"Muchas zonas del mundo se enfrentan a la hambruna mientras que otras viven en la abundancia. A las naciones se les prometió libertad y justicia, sin embargo hemos presenciado y seguimos presenciando, incluso ahora, el triste espectáculo de ejércitos libertadores abriendo fuego contra poblaciones que sólo desean independencia e igualdad social. Mientras tanto apoyan con la fuerza de las armas a aquellos partidos y personalidades que parecen ser más adecuados para servir los intereses creados, las cuestiones territoriales y argumentos de poder obsoletos a pesar de que las exigencias básicas de bienestar común y justicia aún prevalecen."
Un discurso muy actual ¿No?

PD: Dedicado a Martín, Enrique, Jesús y tantos otros, cuyas memeces presuntuosas, al fin y al cabo, resultan inspiradoras.

viernes, 10 de febrero de 2012

Hispanofobia

Generación del 98:
Y ellos pensaban que estaban mal...
Hace tiempo descubrí que el hecho de haber nacido donde lo hice fue fruto de la más estricta casualidad cósmica, biológica, química o vaya usted a saber. Después, dejé de sentir ningún afecto especial por la tierra donde resido y como del desafecto al desprecio hay un paso, pronto me dí cuenta de que aborrecía profundamente, no sólo la retórica nacionalista sino la propia ideología.

Hasta hoy, he sido capaz de convivir con las estupideces patrias de un país insignificante cuya posición en el planisferio eurocentrista de Mercator hizo creer a sus habitantes que eran el ombligo del mundo. Sobrevivir a esta situación desde el realismo crítico ha sido relativamente sencillo gracias al escudo protector de una indiferencia aderezada con dosis de respeto ante ciertas actitudes. Pero eso, repito, fue hasta hoy, en un instante todo ha cambiado. Quizás sea producto de un largo proceso de reflexión o quizás sea producto del impacto traumático de una sola noticia pero el caso es que hoy, a diferencia del anterior Presidente del Gobierno, siento un pesimismo antropológico de tal calibre que a su lado, el espíritu de la Generación del 98 que hoy me inspira parece jovial.

Los hechos acontecidos en España los últimos tiempos ya eran pintorescos pero ni el propio Valle-Inclán hubiese podido imaginar el esperpento que se avecinaba y que nosotros hemos tenido el infortunio de presenciar, el albor de la justicia redundante. Al dictar un fallo que muchos percibimos como injusto, al desaforar a uno de los jueces más importantes de nuestra breve historia democrática, el Tribunal Supremo además de errar nos ha condenado a todos a la indefensión y al ostracismo jurídico. Los españoles somos muy dados a ir poco al grano y abusar de la redundancia, desde mi profana visión, el Tribunal Supremo de este glorioso y majestuoso Estado ibérico, también prevarica al condenar y su prevaricación redunda en la del supuesto prevaricador. Por muy ajustada a derecho que me digan mis amigos juristas que es la sentencia, la opinión es libre y para mí, el Tribunal Supremo ya comparte algo más que el código postal con el partido que estaba siendo investigado por el magistrado defenestrado. Ya se consumó el escarnio, ya se cuadró el círculo o españolizando la expresión para dar un toque tragicómico, digamos que, se rizó el rizo.

Al igual que los admirados noventayochistas me atreveré a afirmar sin vergüenza - porque no la tengo y porque la que siento empieza a ser ajena - que las Dos Españas han regresado para quedarse. Aquí estamos de nuevo como hace un siglo, con una España Real, esa miserable en la que no hay trabajo y habrá menos. Esa en la que se destruye la cultura y la educación para controlar a las masas. Esa España en la que nadie se preocupa de lo que nos ocupa y muchos lo hacen de lo que nos degrada. Esa España capaz de destruir familias para no perjudicar los intereses financieros de unos pocos. Esa España que algunos quieren construir en un mes destruyendo todo lo anterior, la España reaccionaría, la que pierde jóvenes valiosos por miles, la de la emigración, la del pensamiento único y la familia homogénea, la que destruye la perspectiva de una industria energética moderna y competitiva para  conservar los beneficios que algunos obtienen con modelos obsoletos.

Luego está, la otra, la España Oficial, esa basada en la falsedad y la apariencia, esa que habla de separación de poderes y los acapara todos. Esa España que presume de una transición democrática envidiable obviando que la longevidad del dictador fue tal que simplemente nos pilló maduros, no más demócratas, ni por supuesto más valientes, sólo maduros. Esa España que dice proteger al emprendedor sin reconocer que lo importante no es emprender sino continuar, perseverar, arraigar y concluir. La España que habla de seriedad, ahorro y austeridad mientras babea por obtener dinero fácil, mostrarlo y multiplicarlo a cualquier coste, aunque sea el de delinquir porque eso en España no cuesta nada. Esa España, en fin, cuya única arma invencible es alguna que otra gesta deportiva y que se enfurece por cualquier afrenta demostrando que por no tener, ya no tiene ni humor.

Este es nuestro tiempo y nos ha tocado vivirlo en el país en el que un día, aleatoriamente nacimos, este es el sitio donde se vive mejor que en ningún lado, como suelen decir los que sólo han ido de casa a la playa y de la playa a casa. ¿Odio a España? No es sencillo odiar a quien no se ha amado, pero sí se puede temer. Sí, temo a España, temo que me contagie su conformismo, temo que me arrastre a la sima de la nada, temo que convierta a mis hijos en unos asnos miserables y sobre todo temo que acabe por convencerme de que como aquí, en ningún sitio.

Por fin he logrado alcanzar un diagnóstico, padezco Hispanofobia, un miedo incontrolable a España. Es un primer paso, ahora, sólo me resta hallar la cura y me temo que la sanación pasa por la consecución de una utopía, pero no para España, corregir la deriva general es demasiado utópico. Hay veces que la utopía empieza por uno mismo, la mía es partir, puede que no lo consiga pero lo seguiré intentando para lograr algún día que la lejanía me ayude a sentir ese amor irracional llamado patriotismo.
¡Suerte! Nos va hacer falta (y eso que nunca creí del todo en ella)

Aquí uno que no ha perdido el humor


PD: Un recuerdo afectuoso para esa revolución fugaz que nos hizo soñar, un espejismo interrumpido por la indolencia voraz que caracteriza el emprendimiento hispano.

jueves, 2 de febrero de 2012

Vigorexia Contrarreformista

Imagen de un gobierno antiguo y desenfocado
Puerilmente llegué a pensar que una vez hecho algún que otro esfuerzo legislativo impopular, el nuevo gobierno no se atrevería a retroceder ciertas medidas. Pues me equivoqué. Uno de los problemas a los que me enfrento al subsistir entre vapores de cloroformo utópico es que los errores son mayúsculos y las convicciones oníricas tienden a convertirse velozmente en pesadillas. En un sólo día, los pocos ministros que me agradaban han comenzado a irritarme, los que respetaba desde la indiferencia, a atemorizarme y sigo temiendo a los que temía aunque, por ahora, sean los más silenciosos, imagino que prefieren mantener sus tejemanejes ocultos entre penumbras.

Cuando un Ministro de Agricultura - obviaré el subtítulo medioambiental -  afirma que hay que ser realista con el tema de la contaminación y no buscar imposibles lo que está diciendo es que me condena a mí y a los míos a seguir respirando el mismo aire nauseabundo que llevamos meses inhalando. Si en la misma comparecencia sostiene que un supuesto superávit hídrico hace innecesarias las desaladoras y para rematar contabiliza económicamente los beneficios y costes del cambio climático, tiemblo. Simultáneamente, el nada "energético" Ministro de Industria, fusila las renovables dilapidando así un sector en auge que tenía muchas posibilidades de convertirse en pilar básico de ese nuevo tejido industrial que muchos reclamamos. Entonces sospecho que llegó el momento de salir huyendo.

Cuando un Ministro de Educación basa su revolución educativa en cambiar el nombre a un curso escolar es que no sabe que los contenidos dependen de la capacidad cognitiva de la edad del niño y que por lo tanto poco importa que el grado se llame ESO o aquello sino que la calidad sea buena. Si en la misma comparecencia justifica la desaparición de una asignatura con el contenido de un libro que jamás sirvió para impartirla, una de dos, o no conoce el contenido de dicha materia o ignora la trascendencia del ministerio que le han confiado. Entonces, concluyo que he de largarme a un lugar dónde no deba gastar una fortuna para garantizar una educación digna para mis hijos.

Cuando un Ministro de Justicia - alejado del derecho desde sus tiempos lampiños - pretende que retrotraernos treinta años y alejarnos seis mil millas jurídicas del Derecho Europeo es lo más progresista que ha hecho en su carrera política, he de intuir que a pesar de estar a cargo de la justicia ha perdido el juicio. Si en la misma comparecencia anuncia que deberemos asumir parte de los gastos que ocasionan nuestros derechos fundamentales y que el cuerpo notarial podrá casar y descasar, entonces me dan ganas de decirle que puestos a arreglar un oficio castigado por el fin del furor "constructivo" que él mismo contribuyó a fomentar, permita que todos los desempleados provenientes del sector se conviertan en Jueces de Paz. Si además, en paralelo, un juez justo se puede enfrentar a una más que injusta condena y un vulgar delincuente sale absuelto de sus crímenes, entonces sé que mi protección jurídica como ciudadano peligra y que debo buscar un entorno más seguro para vivir.

Cuando un Ministro de Exteriores bromea con respecto al nombramiento del embajador más relevante, empiezo a dudar de su capacidad para el cargo. Si además lo hace parafraseando a un repugnante dictador incidiendo en el supuesto sentido del humor o sarcasmo del mismo, entonces me entran ganas de meter a mi familia en el coche y cruzar la primera frontera que encuentre antes de que sea demasiado tarde.

Cuando temo que un Ministro de Economía esté allanando el camino a los depredadores mercantiles y un Ministro de Defensa con intereses armamentísticos esté sacando el ábaco para calcular los pingües beneficios que le reportará un más que probable conflicto bélico en Oriente Medio, entonces, se me agotan las ganas de soñar, me doy cuenta de que no hay lugar adonde huir y que sólo resta seguir aquí para luchar. - Cuando hablo de luchar no me refiero a ninguna guerra, no vaya a ser que algunos de estos lúcidos gestores tome como paradigma la "reforma laboral" de Estados Unidos en los años 40', cuando pasaron de una tasa del 25% de desempleo a un 1% tras el bombardeo a Pearl Harbour-.

Este es el gobierno que para todos los españoles iba a gobernar, este es el gobierno que las revoluciones ayudaron a aupar, este es el gobierno que gobierna sin oposición porque los que deberían oponerse andan luchando por conservar el minúsculo poder residual que aún les queda. Este es el gobierno en fin, que a mí, me hace sentir como un apátrida. De su Presidente prefiero no hablar porque parece no ser más que el murmullo de un micrófono abierto entre la bulla cocofónica de unos ministros con vigorexia contrarreformista.


Si Rajoy prometía en campaña estar a la orden de todos los españoles ¿por qué me siento yo así? Me temo que si le ordeno reflexionar no me hará mucho caso, es como ese peluquero compulsivo al que le pides no cortar más y te pasa la cuchilla.


PD: Sí, lo sé, no he sido capaz de esperar los cien días de rigor pero constreñir mi propia libertad resulta un tanto absurdo, más teniendo en cuenta que aquí ya nadie se manifiesta, ni habla de democracia real, ni nada de nada.