lunes, 16 de abril de 2012

Paquidermos, monarcas y repúblicas

Suazilandia: tan lejos, tan cerca...
Antiguamente se englobaba a los elefantes en la gran familia zoológica de los Paquidermos, un cajón de sastre cuyo único nexo común biológico era la dureza de la piel, peculiaridad que justificaba etimológicamente el nombre. Hoy sabemos que los elefantes son la única especie viva de la familia de los proboscideos. Hoy conocemos que lo que define a este animal es el tamaño de su cerebro, hecho diferencial que les dota de una inteligencia cercana a los simios, a algunos cetáceos e incluso al hombre. Hoy se ha demostrado la capacidad del elefante de usar cierto tipo de herramientas e incluso mostrar conductas tan humanas como el altruismo, por ejemplo a la hora de adoptar crías. Hoy, por lo tanto, estamos en condiciones de afirmar sin rubor que lo que hay que tener muy duro es el rostro, el corazón y el alma para acabar con la vida de uno de ellos, también intuimos que la altura de su intelecto es inversamente proporcional a la de los bastardos que los asesinan. Quizás, en un mañana próximo, quien mate por placer sea considerado como lo que es y rechazado como tal. He tenido la fortuna de admirar la enorme belleza de este animal en libertad, quien haya compartido esta oportunidad se habrá percatado rápidamente de que el elefante es tan rey de la sabana como otros animales, por suerte ellos son más listos que nosotros, viven al margen de humanas distinciones de clase y sólo aceptan líderes beneficiosos para la manada.

En el presente, sobreviven dos grandes familias de elefantes, asiáticos y africanos, las dos grandes diferencias entre ambos son el tamaño y la posibilidad de domesticarlos. En la actualidad existen también dos tipos de reyes en la sociedad humana, los casi extintos monarcas absolutos, se encuentran algunos especímenes en oriente-medio y en el continente africano y aquellos que ejercen su mandato en democracias consolidadas, estos últimos están también en peligro de extinción pero aún así podemos hallar una decena en Europa y alguno en Asia. Los monarcas autoritarios fueron exterminados ya que al no ser domesticables sucumbieron al poder de las masas, la segunda especie monárquica, sin embargo ha sido amansada a través de la fuerza de las urnas y de una vigilancia constante por parte de sus plebeyos. Numerosos estudios científicos han detectado en la psique de la especie monárquica doméstica un nivel de entendimiento que les asemeja bastante al común de los mortales, incluso se han detectado dosis de inteligencia emocional en su forma de razonar, parece que en algún momento dedujeron que la única forma de hacer perdurar su especie era mostrar una falsa apariencia de normalidad mundana. En realidad, lo que sucedió hace siglos fue que algunos humanos llegaron a un acuerdo tácito de no agresión a condición de que sus soberanos mostrasen, vocación de servicio público, corrección en sus modales y austeridad en sus costumbres. Desgraciadamente, o más bien, afortunadamente, el contrato monárquico no es indefinido ni mucho menos vitalicio, está siempre sometido al dictamen de la ciudadanía que siempre tuvo en sus manos el poder construir paradigmas de organización social diversos. Parece que se están dando casos en los que tanto ciudadanos como monarcas han olvidado cual es la naturaleza de sus obligaciones y deberes, esta amnesia no carece de cierto peligro porque es temporal y cuando retorna la memoria suelen acontecer reacciones abruptas e irreflexivas. Cierto es que en ocasiones la historia toma derivas insospechadas y parece que hay situaciones que sólo dirigen hacia la única forma de gobierno razonable y razonada, pero para tomar rumbo a la república convendría descargar ideas preconcebidas.

Paradójicamente y simplificando mucho, el punto en común entre elefantes, reyes y repúblicas reside en que de esto último también existen dos tipos básicos, la presidencial y la parlamentaria. El primer esquema republicano es bastante arriesgado sobre todo en países con un histórico autoritario, muchos de los que optaron por el presidencialismo acabaron derivando a sistemas dictatoriales, van camino de ello o sufren un déficit ideológico. Por supuesto se puede admirar a un líder elegido sin olvidar que la grandeza del país reside en la confraternidad ciudadana y se puede otorgar mucho poder sin obviar que la autoridad real y la libertad moran en una sociedad igualitaria, lo malo, es que se ha comprobado que para que esto funcione hay que ser francés, cualidad casual y aleatoria que, muy a mi pesar, no se adquiere por conciencia infusa. Quedaría por tanto la opción de emprender camino hacia una república parlamentaria a sabiendas de que es una vereda angosta, de difícil retorno, no carente de escollos y como todas las aventuras, repleta de incertidumbres. Pero seamos sinceros con nosotros mismos, quien gusta de progresar ha de arriesgar y esto sólo se puede hacer en momentos de grandes crisis en los que queda poco por perder y puede haber mucho por ganar, sólo debemos preguntarnos ahora si en este instante, en este país, se dan las condiciones óptimas y necesarias para afrontar la ardua tarea del cambio.

Pienso que si conseguimos reducir ciertas actitudes - tan borbónicas como poco edificantes - a la categoría de anécdota, dejaremos de lado la exaltación verborreica y conseguiremos revestir nuestra piel de la dureza propia de los Paquidermos. Si además conseguimos dilatar nuestras entendederas hasta alcanzar un tamaño elefantino y abandonar temporalmente la característica emotividad hispana, estaremos en condiciones, en esta ocasión, de tomar una decisión racional. Tres condiciones básicas se necesitan pues para caminar con pies de plomo - sin ánimo de ofender a infantes - y dar un paso firme hacia adelante: certeza del hastío, voluntad de progreso y madurez ideológica. Extrapolando algunas vivencias propias en mi entorno cercano concluyo que los dos primeros requisitos están en vías de adquisición pero el tercero está en pañales o, siendo optimista, llegando a la pubertad. No puedo evitar que ciertas actitudes acrecienten mi temor a los resultados perversos que puedan derivar de una andanza republicana mal planificada.

Vaya por descontado que no sólo aspiro a que mis hijos vean nacer una nueva república, tengo la certeza casi darwiniana de que será una utopía que alcanzaremos, sólo albergo dudas sobre la oportunidad del momento, cada cual que tome sus conclusiones sin olvidar que una reforma constitucional de este calado será incompatible con fobias y filias individuales. Con todo el respeto, ilustro hoy este artículo con la bandera de Suazilandia, una monarquía absoluta lejana con la que por ahora sólo compartimos el colorido del emblema y los leones del Congreso aunque algunos sin duda empiezan a ver más similitudes por el empeño que ponen otros en suscitar rechazo con sus exóticos e inconscientes devaneos.



PD: Tras un fin de semana complejo, dedico este artículo a los cuñados del mundo - sean borbones o no - para que no olviden que las ideas claras sólo son virtud cuando son porosas a las ajenas.

1 comentario:

  1. Soberbio, Álvaro, ya me hubiera gustado escribirlo a mí.

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