martes, 19 de junio de 2012

El valor de una sonrisa

Acrobatas en Conde de Peñalver
1930 - Archivo Rengel
Como estos acróbatas solías buscarte el pan en esta calle de Madrid, unos metros más adelante, un siglo más tarde. Recuerdo tu piel oscura, tus facciones amables, tu voz melosa y tu eterna sonrisa. Te acompañaban una caja de cartón y un número de La Farola plastificado y raído por el tiempo, añoro el instante en que por vez primera identifiqué tu muy particular versión del No woman no cry de Bob Marley, siempre me preguntaba si al entonarla recordabas a alguien en concreto.

Ayer quise conocerte, hace tiempo que pensaba en detenerme a charlar contigo, en invitarte a una cerveza y que me contaras tu historia, te confieso que últimamente ha dejado de interesarme lo macro y procuro cerrar foco y fijarme en esas pequeñas cosas y personas que, cómo tú, nos rodean y sin embargo, por acción u omisión, pasan desapercibidas. Dos años viendo tu indefinible e incansable "baile de San Vito", dos años escuchando las mismas estrofas ininteligibles, dos años observando como todos los que pasaban junto a ti ralentizaban el paso y esbozaban una sonrisa por lo menos comparable a la que tú nos regalabas hace tanto tiempo. Dos años pasando junto a ti y cuando ayer por fin me decido a conocerte ya no estabas, hoy tampoco.

¿Cómo sería tu vida?
¿Cuán ardua tu epopeya?
¿Por qué viniste?
¿Por qué ya no estás?

Puedo imaginar por el color de tu piel que llegaste de ese lugar impreciso, que tan imprecisamente nos preocupa llamado... Perdón por el lapsus pero desconozco el nombre del lugar porque en realidad ese sitio no se llama, si bien todos los que venís de allí sois subsaharianos que yo sepa aún no hay un país llamado Subsahara, ni siquiera Sahara del Sur. Por eso quería charlar contigo, por un mero impulso curioso, la primera duda a resolver era conocer tu nacionalidad, tu patria, tu pueblo, tus orígenes en definitiva. Tras esa primera pregunta llegaría lo demás, quizá me hubieras hablado de la guerra de la que huiste, quizá de los problemas económicos que te llevaron a buscar más allá del horizonte un futuro despejado o puede que me hubieses narrado tu larga travesía por desiertos, mares o montañas. Lo que es seguro es que, de tenerlos, me hubieses hablado de tus hijos, de tu esposa, de tus padres, hermanos y amigos, de lo que allí dejaste, en definitiva.

Pero claro, también te hubiese preguntado por lo que aquí encontraste y me hubiese gustado que me contestases que nuevos amigos, gente amable, comprensiva y solidaria. Me podrías haber dicho que estabas construyendo un nuevo futuro, que aparte de esa esquina tenías un trabajo nocturno, que pronto cambiarías la habitación de un albergue por un pequeño piso dónde poder traer a los tuyos, que tu permiso de residencia iba por buen camino gracias a la presteza de nuestras administraciones. O también puede que me hubieses contado que estabas aquí con tu familia, que tu hijo había sido aceptado en los infantiles del Madrid tras realizar una pruebas o que te habían contratado como animador en un afamado club de Jazz. Aunque siempre es más probable que me contases que vivías a la intemperie, atemorizado día y noche porque algún desalmado te hiciese alguna jugarreta o aún peor, porque llegasen unos policías, te reclamasen unos papeles inexistentes para luego encerrarte en una de esas cárceles diseñadas para quienes no han cometido ningún delito.

Hoy no sé dónde estás, sólo deseo que no sea en uno de esos lugares ajenos al derecho que son la última escala de un viaje y el último recuerdo de un país que durante un tiempo fue tu hogar, el último instante de un proyecto de vida del que te despides momentos antes de ser deportado y depositado en algún lejano territorio que ni siquiera es el tuyo porque nunca nadie llegó a saber de dónde venías. Por favor, de ser así, no nos odies, aunque me consta que tu rostro era incompatible con ese sentimiento porque probablemente no lo has sufrido, aún así no nos lo tengas en cuenta. Debes saber que a nosotros nadie nos ha preguntado por ti, nadie se ha molestado en saber lo felices que nos hacía tu presencia y ni siquiera nadie nos ha preguntado si aceptamos que nuestro dinero se utilice para perseguirte y pagarte tu viaje de vuelta a ninguna parte. Por supuesto nadie, tampoco, nos preguntó jamás por el valor de tu sonrisa, querido amigo, porque en este lugar al que viniste ya nada tiene valor excepto lo que se puede medir en las frías pantallas de un sórdido edifico donde lo único que brilla son los tablones de un impoluto parqué y los ojos codiciosos de sus moradores.

Estés donde estés, buena suerte amigo, algún día espero que la fuerza de tu voz y tu sonrisa sean capaces de derribar el muro de la indecencia, yo jamás las olvidaré porque aquí sólo queda una gris fachada, un horrible escaparate y un enorme vacío, el que tú has dejado.



PD: Si veis a este hombre avisadme y si veis a alguno similar permitíos el lujo de avisar a vuestra conciencia, puede que merezca la pena la utopía del encuentro.

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