martes, 27 de septiembre de 2011

El largo invierno

Moscú tras el Asalto al Palacio de Invierno en Petrogrado (1917)
Elijo esta foto por molestar, no le deis más vueltas
Tan largo fue el verano y tan profusos sus calores que nadie percibió que su razón estaba nublada. Fue bonito tener un culpable, fueron años de algarabía para una turba que encontró a quién atacar, una turba que nacida para herir, se nutrió de la miasma desprendida de su furia.
El quinto Virrey de aquella tierra tan inhóspita como refulgente llegó con ganas de agradar, cargado de buenas intenciones se puso rápido a la faena provocando el estupor de algunos. Don Borceguí, encontró un lugar dónde siempre lucía el sol, durante los años anteriores a su virreinato, su predecesor se había ocupado con ahínco de crear una luminosidad artificial que mantenía al pueblo cegado y convencido de vivir en una opulencia que en realidad brillaba por su ausencia. Tanta luz veían los babequienses que se afanaron en construir túneles y madrigueras, construían y construían para morar en ellas con una falsa sensación de seguridad y pertenencia. El Virrey Ranza, antecesor de Borceguí, había creado el clima propicio para que sus súbditos vivieran aletargados con su ansía perforadora mientras él urdía planes y se entretenía guerreando junto a sus aliados de Titán, un pueblo poderoso y admirable aunque gobernado en aquella época por un rufián sin parangón, pero eso es otra historia. En fin, estaba Ranza inmerso en sus planes de crear una nueva estirpe poderosa que perdurase en el tiempo, preparaba el asalto definitivo a la conciencia babequiense, había planeado incluso una nueva educación ranciana sólo accesible a algunas élites, pero Ranza, casó a su hija con un multiplicador de salitre y decidió organizar las cosas para dedicarse a otros menesteres más lucrativos.
Hago un inciso en la narración para explicar que en Babieca, la sal era de extrema importancia, con ella sobre todo se compraban madrigueras y se excavaban túneles, el problema es que no había sal para todos, aunque todos creían poseerla porque había unos silos en los que una vez depositada esta se reproducía generando más sal. Durante un tiempo remoto, esta estructura fue útil porque los depósitos servían para financiar la explotación de otras minas que generaban sal de buena calidad, sin embargo el nuevo sistema había provocado la falsa creencia de que en los túneles y madrigueras también brotaba sal y que esta adquiría valor con el tiempo. No se dieron cuenta de que en su lugar se estaba generando un salitre putrefacto de escaso valor para el consumo humano.
Ranza, sí sabía la verdad, por eso era Virrey, pero cometió un error, la hipnosis colectiva que creía haber instaurado, no era tal y a pesar de haber organizado su sucesión nombrando a su fiel y dócil paladín Yojar se encontró de un día para otro con el ascenso imprevisto de su odiado Borceguí. Hacía tiempo que los babequienses elegían los virreyes, esto a Ranza nunca le gustó, como demostraban algunos de los escritos de su tierna juventud durante el largo mandato de un sanguinario adalid.
El caso, volviendo al inicio de nuestra fábula, es que llegó Borceguí para júbilo de la mayor parte de los babequienses, no en vano lo habían decidido así. Pero un reducto de furibundos agoreros seguidores de Ranza decidieron convertir el aire de Babieca en vapor sulfuroso y persiguieron a Borceguí hasta la extenuación. Borceguí, mientras tanto se empeñaba en hacer más libres a los babequienses, les otorgaba derechos hasta entonces impensable, modernizaba las estructuras de babieca y procuraba que sus habitantes viviesen en armonía a pesar de que algunos se sentían distintos por herencias históricas de sus tatarabuelos. Cuanto más intentaban hundir a Borceguí, más valeroso se sentía este y el pueblo parecía acompañarle, como así demostró en una ocasión en que debió decidir si seguía o le daban paso a Yojar. Pero Don Borceguí cometió dos errores, no cambió a tiempo, no se sabe aún si por no poder o no saber, el extraño sistema de túneles, madrigueras y almacenes de sal. Tampoco supo detectar el hundimiento de ese ficticio ecosistema mientras todos los territorios colindantes se veían afectados en mayor o menor medida por el mismo mal.
Llegó un día en que se dejó de excavar, la sal realmente nunca se reprodujo pero ahora todos lo sabían porque los responsables de los silos no les daban más, ni siquiera aceptaban a cambio que les entregasen las madrigueras que se acumulaban vacías. Pero como el infortunio va por barrios, no dejaba de ser asombroso como la turba vibraba de alborozo al ver como babequienses bienintencionados se rebelaban a Borceguí, parecía que gozaban con la destrucción de Babieca, aunque el pensamiento colectivo e irracional de la turba es muy peculiar, hubo un tiempo en que incluso desde el ágora maldecían al mismísimo Yojar.
Y llegó el turno Yojar, y retrocedió todo lo positivo que había construido Borceguí, y mantuvo todos los errores del pasado y se hizo la oscuridad en Babieca y llegó el frío. Los túneles y madrigueras se habían desplomado, la gente enfermaba pero solo se les curaba a cambio de sal aunque cada vez había menos.
El largo invierno se cernió sobre Babieca y Yojar se preguntó por qué no fue capaz de agradar a todos, por qué sus recetas no funcionaban, por qué no ayudó a Borceguí cuando aún estaban a tiempo y por qué ni los suyos le querían. A Yojar, pronto le salieron enemigos entre sus colaboradores más cercanos y Yojar se hundió en su castillo de papel preguntándose cómo era tan difícil gobernar. Mientras tanto, los babequienses se revolucionaban, en esta ocasión con razón, mas sabiendo que ellos también fueron responsables de la sinrazón.
Dicen las malas lenguas, que un oráculo intentó por todos los medios impedir el desastre, incluso se ofreció  a escuchar y trabajar pero la ceguera de Babieca era crónica, estuvieron tan acostumbrados a conseguir todo por la vía rápida que no se dieron cuenta de que darle una oportunidad al oráculo era un paso necesario para lograr anhelos mayores.
Esta fue la historia de Babieca, o un sueño delirante, o quizás un chiste de mal gusto, o simplemente fantasía...



Con afecto y osadía,
este narrador se despide,
pero le diré a vuesa señoría
que lo que usted pretendía
no era más que una utopía...
Más, como en ella quiero creer,
diré para encauzar la utopía,
que el primer paso a mi parecer,
sería lograr,
que la utopía real
fuese para él gobernar.

PD: Esto no fue más que una juglaría y cualquier parecido con la realidad es casual, ya que en el mundo real, el final no está escrito y sólo depende de nuestra capacidad de ver, oír y actuar.


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